ESPECIALES: LA RUMBA CATALANA (Alexandre d,Averc)


Vida pública y secreta de la rumba catalana

Alexandre d'Averc. Barcelona, mayo de 2003

Menospreciado como género bastardo, apenas digno de amenizar bodas y borracheras. Pariente remota e indeseada del flamenco. Música promiscua y refractaria a las clasificaciones. Las hechuras híbridas y movedizas de la rumba catalana han llevado desde su nacimiento el marchamo de lo sospechoso. Los intérpretes de la ortodoxia cantaora hace tiempo que dictaron su sentencia contraria. La etnografía catalana tampoco ha encontrado un asidero firme para darle carta de naturaleza a un fenómeno que, sin embargo, pertenece a un ámbito muy bien definido de su cultura: la de los gitanos catalanes.

Así, por tierra de nadie, liberada de codificaciones estrictas e imposiciones férreas, esa rumba se ha ido abriendo paso en los últimos sesenta años, se ha impregnado de cuantos sonidos le ha venido en gana y ha contaminado a los que han querido cruzarse con ella. Y por ese caudal casi clandestino ha ido apareciendo y desapareciendo de escena sin aviso previo, al albur de los ánimos de su antojadiza ciudad natal, Barcelona, y de los juicios, ora favorables, ora condescendientes o adversos, de público y crítica. Pero hasta los más recalcitrantes en su denuesto no han podido escamotear el reguero que los maestros de la "bomba gitana" han ido dejando en su trayecto y el modo en que su ascendente se ha hecho notar en la música popular española y, en última instancia, en las nuevas formas del flamenco. De su generación, andanzas y benéfica o corruptora influencia versan las consideraciones que siguen.

Embriones



Como toda inquisición acerca de los orígenes, ésta parece más una excusa para ese placer tan mediterráneo de la discusión incruenta que un afán de claridad. Según ciertas fuentes(1), el germen primitivo de la rumba catalana lo trajeron unos gitanos levantinos que se instalaron en Barcelona, en el Barrio del Portal y en los aledaños de la Plaza del Raspall de Gracia. Los primeros llegaron en el siglo XVII, aunque el grupo creció de forma relevante a finales del XIX. Estos gitanos prosperaron con la compraventa de antigüedades y el mercadeo de tejidos y se enquistaron firmemente en sus nuevos emplazamientos, al punto que a principios del siglo XX la comunidad era catalanohablante en su totalidad. Pero se mantuvieron fieles a un rasgo de identidad distintivo: el cultivo de su propia música. Y ahí empezamos a pisar en falso, porque no existe acuerdo acerca de cuál era sonido que animaba la Calle de la Cera y sus vecindades. Algunos hablan de rumba andaluza, que sería a su vez una transposición directa de la guaracha cubana. Otros indican que el linaje de la rumba andaluza se remonta al tango flamenco, que a su vez copia los patrones del tango afrocubano. Algunos estudiosos aportan constancia de la posible influencia del garrotín, un cante propio de los gitanos de Lérida. Y aun hay quienes complican el asunto asegurando que el ritmo que marcaban los gitanos catalanes no fue derivado de esa rumba andaluza o de otras fórmulas de cante liviano, sino tomado de las orquestas cubanas, los Lecuona Cuban Boys y compañía, que durante la primera mitad de siglo XX recalaron en Barcelona y de los marineros caribeños que hacían escala en "La Platxeta" de su puerto.


"El ventilador consiste en darle a la guitarra, combinando ritmo, melodía y percusión"


Este debate bizantino, si bien ameno e intrigante, puede con todas sus permutaciones alargarse sin solución de continuidad. Mejor convencerse de que, importada y adulterada o creada in situ, en los años cuarenta había un grupo de gitanos de Barcelona que tocaban rumba a compás de dos por cuatro o cuatro por cuatro y que se hacían acompañar de bongos y güiros en sus saraos particulares y en señaladas verbenas de barrio. Pero faltaba un último refinamiento para que la rumba catalana se emancipase y deviniese autónoma: un sonsonete inconfundible conocido como "el ventilador". Ese "truco tan ingenioso y de fácil ejecución", que tanto admiraba Gato Pérez, consiste en darle a la guitarra combinando ritmo, melodía y percusión: rasguear el instrumento a la vez que se tabalea la caja con la mano.

El mérito del artificio se atribuye a un gitano frecuentador de tabernas y bautizos conocido como El Toqui, aunque su fama es celebrada por la aportación y divulgación de una peculiar estirpe de guitarristas y vendedores de pescado, apodados cabalmente Pescadillas. El primer Pescadilla, Antonio González, también por mal nombre El Legañas y sus hijos, Manuel, Baldomero Onclo Mero, Joan Onclo Polla y Antonio, el que más indeleblemente quedó ligado al mote familiar, alargaban las veladas en el Charco de la Pava de la calle Escudellers y se dejaban arrebatar ya sin remilgos por el tumbao cubano que, a finales de esa década, merodeaba por aquellos ambientes.

Desde aquel momento fundacional, la familia González descuidó sus negocios y empezó a dedicar todos sus esfuerzos a la música. Los dos Antonios no esperaron rueda para presentarse en Madrid con su nuevo concepto y los otros hermanos acabaron por seguirles. Los cincuenta fueron su década efervescente: dieron conciertos, fundaron grupos, El Legañas se convirtió en escudero de Manolo Caracol, grabaron discos para el sello Belter y Antonio el Pescadilla acabó delante del altar en 1957 al lado de la artista más popular del país: Lola Flores. La historia subsiguiente pertenece a la memoria sentimental de tres generaciones de españoles.

Pero la rumba más convulsa e inquieta seguía agazapada en Gracia y allí podría haberse demorado eternamente de no ser por otro gitano intempestivo y genial, Pere Pubill i Calaf, su majestad Peret, en lo sucesivo monarca nunca derrocado de la rumba catalana. Peret fecundó aquel folclore de barrio con sus colosales concepciones llenas de sabor, sonidos abigarrados y préstamos de todas las músicas del Caribe. Además, Peret quebraba la cintura como Elvis y tenía las trazas de un James Brown romaní. Sus vinilos para Discophon se vendieron al menudeo en los primeros sesenta y, al socaire de su éxito, emergió toda una generación de artistas que además de conocimiento, tenían oficio, porque se habían batido el cobre en innumerables entoldados y juergas de suburbio. El Noi, Moncho, El Gitano Portugués, Teresiya, la cáfila que se comió el pastel. Durante algo más de un lustro, la rumba fue el aderezo imprescindible de las fiestas de costa y la más exportable imagen del hedonismo ibérico.

Pero muy tempranamente se pudo percibir en la obra de ésta nómina de músicos un fenómeno decisivo para entender la posterior decadencia y desprestigio. La libérrima concepción del género que tenían los rumberos, esa forma de crear tan a mano alzada, fue la que desde su mismo comienzo, con su vitalidad y descaro, actuó como motor para la evolución y triunfo de la rumba catalana. Pero a su vez fue el germen de su propia destrucción, porque al admitir todas las heteredoxias, al no tener reservas hacia las más alevosas intromisiones y los más bizarros arreglos comerciales, al carecer de un aparato de precauciones dispuesto, pasó todo por bueno y acabó encontrándose en mal lugar, desnaturalizada, violentada por acompañamientos repetitivos sin enjundia ni gracia, quemada antes de tiempo. A finales de los sesenta y principios de la década siguiente, pese a la aparición de nuevas figuras como Chango o el sobresaliente Sisquetó, o a las marcianas investigaciones sonoras de Los Amaya, la rumba catalana había perdido el favor del público y de las casas discográficas. Y, aún peor, se había extendido la opinión de su irreversible invalidez.

Y es que, mientras en el flamenco la innovación ha tenido siempre el contrapeso de una tradición vigilante y estricta, a veces acusada de inmovilista, pero que quizá gracias a su filtro ha dado como resultado una evolución muy bien asentada, muy cuidadosa y, por consiguiente, perdurable, la rumba catalana creció y mutó sin pararse en barras y su destino fue el de convertirse en un chascarrillo cansino, en la banda sonora de las ferias de atracciones y de las pachangas más crudas del país. La peor de sus encarnaciones; pero el baremo con el que, no sin malevolencia, ha sido juzgada más a menudo.

Complicidades

Pero a la rumba catalana aún le correspondió otro cometido más extraño, contradictorio y discutido. La actitud de Peret y sus seguidores, cuando sus canciones traspasaron fronteras y se impusieron como éxitos rotundos en las radios españolas, sirvió de referente y acicate para que otros rumberos meridionales diesen su particular vuelta de tuerca al flamenco. De entre todos, Miguel Vargas Bambino es quien más ha crecido en aprecio desde entonces. Aunque tomando el patrón rítmico de la rumba andaluza, Bambino inundó de negruras el formato y cantó arrebatadas coplas de enajenación y muerte. Y lo que hoy parece más importante, difuminó ciertas fronteras, dio comienzo a una sutil filtración de elementos del flamenco tradicional en la rumba y el pop.

El reverso de esta experiencia ha sido querer responsabilizar a esos rumberos, a Bambino o a Peret, de que en adelante cualquier música de corte vagamente andaluzoide se emparentase con el flamenco, que se utilizase esta etiqueta sin escrúpulos ni complejos y la confusión y perjuicio que esto acarreó. La imputación ha sido recurrente: ellos abrieron la veda y aquellos polvos trajeron estos lodos. Bambino y Peret serían los responsables últimos de que grupos como Los Chichos o Los Calis, entre muchos otros y sin entar a juzgar la calidad de su propuesta, se hayan calificado un poco indecorosamente como flamenco.


Kiko Veneno en el documental 'El Gran Gato',
de Ventura Pons

Pero menos habitual ha sido referir que un personaje como Bambino sintonizó con un impulso renovador que, por un camino paralelo y distinto pero coincidente, galvanizó el mundo del flamenco en los años setenta. Bambino no dejó de ser un apéndice y un síntoma de que ciertas barreras estaban cediendo, y no es descabellado decir que participó de la misma inquietud que llevó a Paco de Lucía a grabar 'Entre dos aguas' o a Kiko Veneno y los hermanos Amador a abrir para siempre una grieta en el viejo arte gitano andaluz. Porque, sin aspavientos, el después tan manejado concepto de mestizaje tuvo en la rumba un antecedente seminal.

Reencarnaciones

Durante aquellos años, sin embargo, la rumba catalana vivió atrincherada en sellos ínfimos como Galax o Seven o bajo los antiguos techos de los cafetines de Gracia. Hasta que en 1977 acudió al Café Petxina, lugar habitual de reunión y fiesta, un joven músico argentino, de nombre Javier Patricio Pérez, deseoso de pegar la hebra con todo el que se terciase y muy receptivo a todas las influencias que pudiese recoger. Y cuando descubrió la rumba, sintió que había dado con un filón auténtico de folclore popular y urbano barcelonés, cuyas sonoridades podían infundir una vida y calidez muy especial a la experimentación jazz y progresiva que estaba en boga entre sus colegas de la ciudad. Javier Patricio, Gato Pérez, se aplicó en restaurar y dignificar la maltratada rumba. Dispuso, para ello, de un poco corriente talento poético y de la colaboración de los gitanos de la Plaza del Raspall. El Gato acentuó en sus rumbas el sesgo salsero y mestizo del género y, con algunos de sus mejores discos, a principios de los ochenta, volvió a exigir la atención para aquella música que, con gran olfato, él percibió como una de las más genuinas que hubiese dado Barcelona. Sin ir más lejos, muchas de sus letras son una iluminada intuición acerca de la naturaleza, historia y potencias de la rumba y la fusión.


"Javier Patricio, Gato Pérez, se aplicó en restaurar y dignificar la maltratada rumba"


Sin embargo, al Gato le faltó un poderoso vagón de enlace para que, tras su prematura desaparición, la rumba siguiera el fértil camino que él había columbrado. Cierto que surgieron algunos grupos que hicieron pensar en un asentamiento tras aquel segundo envite. Pero, pese al éxito comercial de los Gipsy Kings, gitanos catalanes afincados en Montpellier, a la popularidad de Los Manolos, a las excelencias de Rumbeat, con colaboraciones de Carles Benavent o al retorno de Peret y su reconocimiento en la ceremonia de clausura de las Olimpiadas de Barcelona, la escena careció de espesor y volvió a diluirse. Retornó a las catacumbas de los barrios, al abrigo de sus viejas moradas a dejarse querer por los siempre fieles gitanos y a esperar gustosa otra reinvención.


Cartel del documental 'El Gran Gato' de Ventura Pons

Y así ha estado, sustraida de la vista durante años, hasta que recientemente varios signos han avisado de un posible nuevo movimiento del péndulo. Primero ha sido la actividad de la discográfica K Industria Cultural, que ha publicado un homenaje a Peret y la compilación 'El ventilador', con clásicos del género en muchos casos descatalogados. Un título que sólo ha de ser la primera referencia de la colección Rumba Classics. Después ha venido el documental 'El Gran Gato' de Ventura Pons, en el que participan, entre otros, Kiko Veneno, Martirio y Ojos de Brujo, tras el cual se ha percibido un renacimiento de la curiosidad por la rumba catalana y han aparecido voces que vindican su legado cultural y social. Y justo ahora el programa televisivo Sputnik está emitiendo una serie de especiales dedicados al flamenco en Cataluña. No obstante, de momento se ha tratado más de una revisión nostálgica y crítica que no del lanzamiento de nuevas iniciativas, combos e intérpretes. Pero quizá esta sea una oportunidad idónea para que muchos aficionados flamencos puedan comprender mejor las circunstancias y las cualidades de la rumba y se acerquen a ella sin ojeriza. Si además descubren y se encandilan por un género que en sus mejores expresiones está lleno de humor, ingenio, locura, ritmo y tumbao, pues miel sobre hojuelas.
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Vida pública y secreta de la rumba catalana

Alexandre d'Averc. Barcelona, mayo de 2003
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(1) Para quienes deseen una más extensa aproximación a los orígenes de la rumba:

- La Música entre Cuba y España; María Teresa Linares y Faustino Núñez, Madrid Fundación Autor, 1998

- La rumba histórica y los bailes tradicionales de los gitanos catalanes, por Manuel Ponsa i Blanch, Revista I Tchatchipen Nº30


revista@flamenco-world.com
http://www.flamenco-world.com/magazine/about/rumba_catalana/erumb.htm
Enlaces

 

 

Comentarios

Johnny Tarradellas(Chipen) el 12/05/2008 a las 00:17 comentó:

Despues de leer varios escritos que cuentan la historia de la rumba Catalana, tengo que deciros que os dejais el eslabon perdido.
En el año 1975 despues de el ultimo disco de los Amaya (Bailen mi Rumbita) nace Tobago.Cuatro gitanitos de la calle la Cera liderados por un joven Johnny Tarradellas lanzan su primer trabajo un super sencillo (Rumbamaia)que consigue entrar en todas las discotecas del pais y colocarlos en el segundo puesto de las listas internacionales.por debajo de Fiebre del sabado noche.tengo una amplia documentación que acredita el rotundo exito e Tobago,revolucionando la rumba y dandole un sonido funky que arraso las discotecas.Un segundo trabajo que fue Piña Colada,y Perdoname ,tema que estuba en el festival de benidor,en el que gana el tema de el Lute.
No dejemos de lado un eslabon que estubo ahi en la historia de la Rumba Catalana ..
Johnny Tarradellas



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